Jesucristo – su vida y enseñanzas
LA ÚLTIMA CENA

Historia 33 – Mateo 26:17-35; Marcos 14:12-31; Lucas 22:7-38; Juan 13:1-17:26
Antes de la Pascua, los discípulos fueron a Betania y le preguntaron a Jesús: “Maestro, ¿dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” Y Jesús le dijo a Pedro y Juan: -– Al entrar en la ciudad, verán a cierto hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo. En la casa donde él entre, díganle al dueño: “El Maestro pregunta: -¿Dónde está el cuarto de huéspedes para que pueda comer la cena de Pascua con mis discípulos?”. Y él los llevará a un cuarto grande en el piso de arriba, que ya está listo.

Pedro y Juan entraron a Jerusalén y allí en la calle vieron a un hombre que llevaba un cántaro de agua. Lo siguieron y entraron a la casa donde llevó el cántaro, y hablaron con el que parecía ser el dueño: “El Maestro dice: - ¿Dónde está el cuarto de huéspedes para que pueda comer la cena de Pascua con mis discípulos?”.  El hombre los llevó al piso de arriba y les enseño el cuarto grande con la mesa y los muebles alrededor, todo preparado y listo para la cena de los huéspedes. Los discípulos consiguieron un cabrito para cocinarlo, prepararon los vegetales y el pan sin levadura.

El jueves en la tarde, Jesús y sus discípulos salieron de Betania, cruzaron el monte de los Olivos para llegar a la cuidad. Jesús, conociendo el pensamiento de cada hombre, era el único que sabía que su discípulo, Judas, había prometido al sumo sacerdote entregárselo cuando fuera la hora apropiada. Judas estaba al pendiente para llevar a cabo su plan tan horrible. Llegaron a la casa y subieron al cuarto donde encontraron la cena ya lista para ellos. La cena estaba servida en la mesa y los muebles listos alrededor de ella. Todos se recostaron cerca de la mesa con los pies hacia la pared. Estaban descalzos porque se habían quitado sus sandalias al entrar.

Jesús estaba recargado a la cabeza de la mesa y Juan, el discípulo que Jesús amaba más, estaba acostado junto a él. En lo que estaban comiendo, Jesús tomó el pan y dio gracias a Dios por él. Luego lo partió en trozos, y le dio a cada de sus discípulos un pedazo y dijo: “Esto es mu cuerpo, el cual es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria de mí”. Luego tomó en sus manos la copa de vino y le dio gracias a Dios por ella. Se la dio a ellos, y todos bebieron de la copa. Entonces dijo: “Esta copa es mi sangre derramada por ustedes y por muchos otros para el perdón de sus pecados. Tómenla y háganlo en mi memoria”.

En lo que todos estaban alrededor de la mesa, Jesús se levantó, se quitó el manto, se ató una toalla a la cintura y echó agua en un recipiente, y ellos no sabían qué pensar. Luego fue a uno de ellos y comenzó a lavarle los pies como si fuese un sirviente; y así lo hizo con cada uno de ellos. Cuando se acercó a Pedro, este le dijo: “Señor, ¿tú me vas a lavar los pies a mí?” Jesús contestó: “Ahora no entiendes lo que hago, pero algún día lo entenderás”. Pedro protestó: “¡No! ¡Jamás me lavarás los pies!” “Si no te lavo, no vas a pertenecerme”, dijo Jesús. Y Pedro exclamó: “¡Entonces, lávame también las manos y la cabeza, Señor, no sólo los pies!” Jesús le dijo: “Una persona que se ha bañado bien no necesita lavarse más que los pies para estar completamente limpia. Y ustedes, discípulos, están limpios, aunque no todos”.

Pues sabía que uno de ellos, cuyos pies había lavado, era el traidor que lo entregaría muy pronto a sus enemigos. Después de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, se recargó en el mueble y preguntó: “¿Entienden lo que acabo de hacer por ustedes? Ustedes me llaman “Maestro” y “Señor” y tienen razón, porque es lo que soy. Y, dado que yo, su Señor y Maestro, les he lavado los pies, ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les di mi ejemplo para que los sigan. Hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes”. Con esto, Jesús quiso decir que todo el que lo siguiera debería ayudar y servir, en vez de buscar grandes cosas para él mismo.

Jesús estaba hablando y después se puso muy angustiado, exclamó: “Les digo la verdad, ¡uno de ustedes que come conmigo va a traicionarme y entregarme para que me maten!” Ellos voltearon a verse los unos a otros muy afligidos y le preguntaron uno por uno: “¿Seré yo, Señor?”. Y Jesús dijo: “Uno de ustedes que acaba de comer de este plato conmigo me traicionará. Pues el Hijo del Hombre tiene que morir, tal como lo declararon las Escrituras. ¡Pero qué terrible será para el que lo traiciona! ¡Para ese hombre sería mucho mejor no haber nacido!” Jesús aún estaba hablando y Juan estaba sentado a la mesa junto a Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que le preguntara a quién se refería. Entonces Juan se inclinó hacia Jesús, y sin que nadie oyera, le preguntó: “Señor, ¿quién es?” Jesús le contestó: “Es aquel a quien le doy el pan que mojo en el plato.” Y, después de mojar el pan, se lo dio a Judas Iscariote, el cual estaba junto de él. Cuando le dio el plato le dijo: “Apresúrate a hacer lo que vas a hacer”. Ninguno de los demás, excepto Juan, entendió lo que Jesús quiso decir.

No todos oyeron lo que Jesús le dijo a Judas, y los que oyeron pensaron que se refería a hacer algo con respecto a la fiesta. O, como Judas era el tesorero, pensaron que tenía que hacer una donación a los pobres. Judas salió de prisa cuando se dio cuenta que su plan estaba descubierto. La hora había llegado de ejecutarlo. Él sabía que después de la cena, Jesús iría de regreso a Betania; así que fue en busca de los dirigentes y les dijo que Jesús iría rumbo a Betania. Se reunió con un grupo de hombres al pie del monte de los Olivos donde él sabía que Jesús pasaría.

En cuanto Judas salió del lugar, Jesús les dijo a sus once discípulos: “Mis queridos hijos, voy a estar con ustedes solo un poco más de tiempo. Y, como les dije a los líderes judíos, ustedes me buscaran, pero no pueden ir adonde yo voy. Así que ahora les doy un nuevo mandamiento: ámense unos a otros. Tal como yo los he amado, ustedes deben amarse unos a otros.” Simón Pedro le preguntó a Jesús: “Señor, ¿adónde vas?” Y Jesús contestó: “Ahora no puedes venir conmigo, pero me seguirás después”. Y Pedro le preguntó de nuevo: “¿Pero por qué no puedo ir ahora, Señor? Estoy dispuesto a morir por ti.” Jesús le dijo: “¿Estarías dispuesto a morir por mí? Pedro, te digo la verdad, mañana por la mañana, antes de que cante el gallo, negará tres veces que me conoces”. Pedro exclamó: “¡No! Aunque tenga que morir contigo, ¡jamás te negaré!” Y los demás juraron lo mismo. Pero Jesús les dijo: “Antes de que llegue la mañana, cada uno de ustedes me abandonará. Pero no estaré solo, pues mi Padre estará conmigo”.

Jesús vio cómo Pedro y el resto de los discípulos estaban muy afligidos y angustiados por lo que había dicho, y les dijo: “No dejen que el corazón se les llene de angustia; confíen en Dios y confíen también en mí. En el hogar de mi Padre, hay lugar más que suficiente. Si no fuera así, ¿acaso les habría dicho que voy a prepararles un lugar? Cuando todo esté listo, volveré para llevarlos, para que siempre estén conmigo donde yo estoy”. Luego Jesús habló más con ellos por un buen tiempo y oró por ellos también. A media noche salieron todos juntos del cuarto donde habían cenado y se fueron al monte de los Olivos.