Jesucristo – su vida y enseñanzas
EL HOMBRE CON LODO EN SU CARA

Historia 24 – Juan 9:1-41
Un sábado, mientras Jesús se encontraba caminando con sus discípulos, vieron a un hombre ciego de nacimiento; nunca en su vida había podido ver. Y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por sus propios pecados o por los de sus padres?” Le preguntaron esto porque los judíos creían que cuando algo así pasaba, era porque alguien había pecado. Pero Jesús le dijo: “No fue por sus pecados ni tampoco por los de sus padres, nació ciego para que todos vieran el poder de Dios en él. Debemos llevar a cabo cuanto antes las tareas que nos encargó el que nos envió. Pronto viene la noche cuando nadie puede trabajar; pero mientras estoy aquí en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Luego escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva y lo untó en los ojos del ciego. Le dijo: “Ve a lavarte en el estanque de Siloé”. El estanque de Siloé era una cisterna grande en el sureste de Jerusalén, afuera de la muralla, en medio de valle de Gijón y el valle de Cedrón. Para llegar al estanque, el hombre ciego con lodo en su cara, tenía que recorrer las calles de la ciudad, y salir hacia el valle. Fue a tientas y bajó los escalones del estanque de Siloé. Allí se lavó y de inmediato se curó de la enfermedad que había tenido por toda su vida.

Cuando el hombre regresó a su vecindario, sus vecinos y otros que lo conocían como un pordiosero ciego se preguntaron: “¿No es ese el hombre que solía sentarse a mendigar? “Ha de ser el mismo hombre”, algunos decían. “No, ha de ser otro que se le parece mucho”; otros decían. Pero el mendigo seguía diciendo: “¡Sí, soy yo, el ciego!” Y le preguntaron: “¿Quién te sanó? ¿Cómo sucedió?” Él les contestó: “El hombre al que llaman Jesús hizo lodo, me lo untó en los ojos y me dijo: – Ve al estanque de Siloé y lávate. Entonces fui, me lavé, ¡y ahora puedo ver! Y le preguntaron: “¿Dónde está él ahora?” Y él les contestó: “No lo sé”.

Algunos de los fariseos, (los que les gustaba presumir de cómo obedecían la ley), le preguntaron cómo es que se había curado. El hombre les respondió: “Él puso el lodo sobe mis ojos y, cuando me lavé, ¡pude ver!” Algunos de los fariseos decían: “Ese tal Jesús no viene de Dios porque trabaja en el día de descanso. ¿Cómo puede hacer lodo y ponérselo en los ojos; trabajando en sábado? ¡Es un pecador!"

Mientras tanto, otros decían: “¿Pero cómo puede un simple pecador hacer semejantes señales milagrosas?” Así que había una profunda diferencia de opiniones entre ellos. Luego los fariseos volvieron a interrogar al hombre que había sido ciego: “¿Qué opinas del hombre que te sanó?” Contestó él: “Creo que debe ser un profeta de Dios”. Aun así los líderes judíos se negaban a creer que el hombre había sido ciego y ahora podía ver, así que llamaron a sus padres. Los judíos les preguntaron: “¿Es este su hijo? ¿Es verdad que nació ciego? Si es cierto, ¿cómo es que ahora ve?”

Sus padres tenían miedo porque sabían que los líderes judíos habían anunciado que cualquiera que dijera que Jesús era el Mesías sería expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron: “Este es nuestro hijo y sí nació ciego. De cómo se sanó o quién abrió sus ojos, no sabemos. Ya tiene edad suficiente, entonces pregúntenle a él”. Por segunda vez llamaron al hombre que había sido ciego y le dijeron: “Es Dios quien debería recibir la gloria por lo que ha pasado, porque sabemos que ese hombre, Jesús, es un pecador, te curó en sábado”. El hombre les contestó: “Yo no sé si es un pecador, pero lo que sé es que yo antes era ciego, ¡y ahora puedo ver!” Le preguntaron: “¿Pero qué fue lo que hizo? ¿Cómo te sanó?” El hombre les exclamó: “¡Miren! Ya les dije una vez. ¿Acaso no me escucharon? ¿Para qué quieren oírlo de nuevo? ¿Ustedes también quieren ser discípulos?”

Entonces ellos se insultaron y dijeron: “Tú eres su discípulo, ¡pero nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios le habló a Moisés, pero no sabemos ni siquiera de dónde viene este hombre”. El hombre les dijo: “¡Qué cosa tan extraña! A mí me sanó los ojos, ¿y ustedes que son los maestros ni siquiera saben de dónde viene? Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero Dios escucha a los que lo adoran y hacen su voluntad. Nadie ha podido abrir los ojos de un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de parte de Dios, no habría podido hacerlo”.

Los dirigentes judíos, los fariseos le dijeron al hombre: “¡Tú naciste pecador! ¿Acaso tratas de enseñarnos a nosotros?” Y lo echaron de la iglesia y no le permitían que adorara con ellos. Cuando Jesús supo lo que había pasado, encontró al hombre y le preguntó: “¿Crees en el Hijo del Hombre?” Y él le contestó: “¿Quién es, Señor? Quiero creer en él”. Jesús le dijo: “Ya lo has visto, ¡y está hablando contigo!” “¡Sí, Señor, creo! Y se tiró de rodillas y adoró a Jesús.