Jesucristo – su vida y enseñanzas
EL PROFETA EN EL DESIERTO

Historia 5 – Mateo 3:1-17; Marcos 1:1-11; Lucas 3:1-22
Bienvenidos a los años cuando Jesús el hijo de María, cumple treinta años. Juan el hijo del sacerdote anciano Zacarías, era seis meses más grande que Jesús. Estos dos jóvenes nunca se habían conocido, porque uno vivía en el norte de Nazaret y el otro vivía en el desierto al sur de Judea.

De repente la noticia corrió por todo Israel, que había un profeta predicando la palabra del Señor. Habían pasado más de cuatrocientos años desde que el Señor había mandado a su gente un profeta. La gente se emocionó mucho al saber que nuevamente un profeta estaba hablando la palabra de Dios y enseñando las antiguas escrituras. De todas partes de la tierra, de ciudades y aldeas, la gente vino en multitudes a la región del desierto por el río Jordán, donde se encontraba el profeta hablando la palabra de Dios. Este profeta era Juan, el hijo de Zacarías, él vivía en el desierto, donde estaba solo con la compañía de Dios y escuchando su voz. Entonces les predicó las palabras que Dios tenía para el pueblo.

Juan no se veía como un hombre común, pues su vestidura estaba hecha de pelo de camello. Llevaba puesto un cinturón de cuero y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Y este era su mensaje: “Arrepiéntanse de lo malo y hagan lo bueno, porque el reino de Dios está cerca y el rey está por llegar”. Muchos acudían para oír su mensaje y le preguntaron: “¿Qué debemos hacer? Y Juan les contestó: “El que tiene dos camisas debe compartir con el que no tiene ninguna, y el que tiene más comida debe compartirla con el que tiene hambre”.

Los hombres que recaudaban dinero de impuestos llamados “publicanos”, le preguntaron: “Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?” Juan les dijo: “No cobren más de lo debido, no le roben a la gente, hagan lo que la ley des dice”. Unos soldados vinieron a él y preguntaron: “¿Y nosotros?” Juan les dijo: “No extorsionen a nadie ni hagan denuncias falsas; más bien confórmense con lo que les paga”. Unos fariseos se acercaron a Juan; estos hombres fingían ser buenos y fieles a Dios guardando la ley de Moisés. Pero en sus corazones guardaban maldad, y sus obras buenas no eran reales. Y cuando Juan los vio, les dijo: “¡Camada de víboras! ¿Quién les dijo que podían escapar del castigo que se acerca? Produzcan frutos que demuestren arrepentimiento. No piensen que podrán alegar: – Tenemos a Abraham por padre. – Porque les digo que aun de estas piedras Dios es capaz de darle hijos a Abraham”.

Los que oían el mensaje de Juan querían darse al servicio de Dios y hacer su voluntad, entonces Juan los bautizaba en el río Jordán como seña del perdón de sus pecados; por esto él fue llamado, “Juan el Bautista”. La gente se preguntaba: “¿Acaso no es el Cristo que Dios prometió hace tiempo para que gobernara a su gente?” Cuando Juan oyó esto, les dijo: “Yo los bautizo a ustedes con agua. Pero está por llegar uno más poderoso que yo, a quien ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias. Tiene el rastrillo en la mano para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; la paja en cambio, la quemará con fuego que nunca se aparará”.

La mayoría de las personas de las provincias que fueron para escuchar a Juan en el desierto, fueron bautizadas. Entre los últimos en llegar, fue Jesús, el joven carpintero de Nazaret.  Cuando Juan vio a Jesús, algo por dentro le dijo que éste era más grande que él. Y le dijo a Jesús: “Yo soy el que necesita ser bautizado por ti. ¿Y tú vienes a mí?”. Jesús le contestó: “Dejémoslo así por ahora, pues nos conviene cumplir con lo que es justo”. Entonces Juan bautizó a Jesús como a los otros que había bautizado. Tan pronto como Jesús fue bautizado, subió del agua. En ese momento se abrió el cielo, y él vio al Espíritu de Dios bajar como una paloma y posarse sobre él. Y una voz del cielo decía: “Este es mi hijo amado; estoy muy complacido en él”. Entonces, Juan le dijo a la gente que este era el Hijo de Dios, el Cristo que Dios había prometido mandar.